EEUU e Israel no solo son culpables de iniciar una guerra contraria al derecho internacional sino que, desde los primeros días, cometieron violaciones contra los derechos humanos tan evidentes como lanzar una bomba que asesinó a 150 niñas en su propia escuela o negar el auxilio a la tripulación de un barco torpedeado en aguas internacionales. Y los bombardeos contra depósitos y refinerías de combustible sumieron Teherán, con 10 millones de habitantes, en una espesa nube de humo negro, polvo y lluvia tóxica.
El inadmisible ataque inicial fue respondido por Irán con cientos de misiles dirigidos contra Israel y bases estadounidenses en Golfo Pérsico y el Mediterráneo. En consecuencia, están ya afectados, además de los territorios de Irán e Israel, Bahréin, Irak, Kuwait, Qatar, Jordania, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Chipre y Turquía. Simultáneamente, continúan otras agresiones en países próximos: Israel continúa la destrucción planificada de Palestina mientras sus tropas y armas arrasan el sur del Líbano, forzando desplazamientos masivos de población, de modo similar al inicio del genocidio en Gaza. Y Rusia, en otro foco próximo y con intereses económicos vinculados a este nuevo conflicto, sigue bombardeando e invadiendo Ucrania.
La barbarie se ha convertido en rutina con ataques aéreos contra civiles en zonas densamente pobladas, destrucción de escuelas, instalaciones médicas y edificios residenciales. Los causantes deben rendir cuentas por delitos contra las leyes que regulan los derechos humanos, la paz y los límites de las acciones bélicas. Sin embargo, hay dirigentes políticos que menosprecian la importancia del derecho internacional y justifican las agresiones en atención a intereses políticos o económicos. Al cinismo de presentar la guerra como un acto de justicia, añaden una mentira: ninguna democracia sustituyó a una dictadura mediante la injerencia imperialista; más bien, la dictadura salió reforzada o transformada en otra peor.
En febrero de 2003 la invasión de Irak generó la consigna de NO A LA GUERRA. 23 años después sigue vigente. No queremos aliados que bombardean civiles, que secuestran o asesinan a dirigentes incómodos, que utilizan el hambre y la destrucción del ecosistema como arma de guerra, que niegan la vigencia del derecho internacional.
Decimos no a los ataques armados contra países soberanos, no a la proliferación de armamento cada vez más destructivo, no a gobiernos dispuestos a sembrar la destrucción y el sometimiento por ambición y fanatismo. Y reivindicamos la consigna que nunca envejece:
No a las guerras. NO A LA GUERRA.

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